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Ciudad de Bariloche
Lunes 1 de Mayo
01:11 hs

Dormir la siesta arrullados por el canto de las ballenas

Viajamos mil kilómetros, avistamos ballenas por primera vez en la vida y hasta vimos una ballena bebé blanca. Enterate por qué este viaje fue inolvidable.


Por Erica Sánchez

Es de noche en Puerto Madryn y acabamos de llegar. Mil kilómetros nos separan de esta ciudad patagónica que se presenta muy distinta a nuestra Bariloche querida. Estar en la Costa patagónica implica atravesar montaña y estepa. Estepa, acantilados y finalmente el mar.


La estepa y el mar. Una combinación impensada pero existente. En este rincón del mundo todo es muy mágico y posible. Llegar a ver ballenas es mucho más que eso. Sobre todo si lo haces en auto o cualquier otro transporte terrestre. Implica tomar conciencia de la inmensidad y belleza del sur argentino. Esto es: largos caminos en los que abunda el ripio, el asfalto y algunas especies típicas forman parte del paisaje: choiques, flamencos, maras, guanacos, caballos y ovejas. Cientos de kilómetros en los que la cabeza vuela, viaja literalmente y la solitaria, despoblada Patagonia se presenta tal cuál es, con su clima cambiante, la furia del viento o ese frío que quema.


Una vez en Puerto Madryn, alojamiento, el merecido descanso y a hacer lo más importante: avistar ballenas. En este viaje, estuvimos sólo dos días en esta ciudad. La gente de INTA nos invitó a "INTA Expone Patagonia” en Trelew y no dudamos en decir que ¡sí! porque como ya sabrán Enzo y yo vivimos para viajar. En el corto tiempo de estadía recorrimos Madryn, una ciudad muy cálida y urbana. Y vimos por primera vez ballenas.


Hay varias opciones para verlas, dependiendo siempre de tu presupuesto, pero básicamente es hacerlo embarcado o admirándolas desde la costa. Nosotros tuvimos la posibilidad de hacer las dos y les aseguro que se complementan porque son totalmente distintas y bien valen la pena.


El espíritu de Tito

En plena temporada de avistaje -recordá que ocurre todos los años entre mayo y diciembre- llegamos entonces hasta Puerto Pirámides dentro de la Península Valdés. Si bien es temporada alta en la zona y se supone que somos muchos haciendo lo mismo, tuvimos la sensación de estar solos en el mundo.


Cuando se ingresa en Península Valdés hay que pagar una entrada por ser un Área Natural Protegida. Allí mismo vas a encontrar un Museo con una explicación maravillosa sobre la flora, la fauna y los trabajos de conservación que se realizan en el lugar.

Una vez en Puerto Pirámides, un lugar pequeño con casas bajas, el mar inmenso, un puñado de restaurants y una enorme oferta para realizar la ansiada experiencia de avistar ballenas, nos decidimos por embarcar con la gente de Tito Bottazzi. Con la intuición de que esta empresa nos transmitiría de cerca cómo interactuar con estos gigantes del mar, no nos equivocamos. Tito Bottazzi, quien falleció este año, fue pionero en explorar el mar y comenzar con el avistaje embarcado de ballenas en la zona. Su hijo Miguel me comentó mientras esperábamos el barco que nos llevaría hacia el mar, que Tito salía los fines de semana en un gomón con ellos, su familia, y pasaba largas horas jugando con las ballenas. Así, mediante el juego y el alma de aventurero que lo movía descubrió que eran curiosas, alegres e inofensivas. Tito las amaba tanto que llegó a crear una embarcación especial con el fondo de vidrio, para poder verlas cuando nadaban por debajo. Esa embarcación terminó destruida pero con infinitas experiencias a bordo, como todas las de esta empresa familiar.


Así arrancamos la mañana entre historias balleneras y una ansiedad enorme por conocerlas. Luego el barco, la marea que nos sacudió para desperezarnos y ahí aparecieron: ellas con sus hijas. En grupos de tres o cuatro pares se fueron acercando. Las ballenas, uno de los mamíferos más grandes y antiguos sobre la Tierra, se acercaron curiosas a nuestro barco y jugaron. Nadaron en círculos alrededor nuestro, cantaron, y nos sorprendieron: un ballenato bebé blanco nos mostró la panza, como pidiendo que lo acariciemos y ahí mismo lo bautizamos: la ballena de la paz.


Los ballenatos albinos no son muy comunes y nacen pocas crías por año. Son blancos por un particular suceso de pigmentación que luego pierden, transformándose en una ballena franca austral más. Con Enzo tuvimos la suerte de avistar uno y terminamos la mañana felices con la experiencia. "El espíritu de Tito seguramente vive en el mar y las llama en silencio, por eso suceden cosas mágicas”, pensamos.


Dormir la siesta arrullados por el canto de las ballenas
Después de un almuerzo ligero en Puerto Pirámides, cargamos el termo (con agua caliente para el mate) y seguimos para el afamado El Doradillo, la playa más popular de la zona desde la que también se avistan ballenas desde la costa. Ahí vivimos una experiencia única e inolvidable.


En la segunda bajada de El Doradillo, un área protegida, de inmensos kilómetros de playa ellas son la atracción. Gracias a la fisonomía particular de la costa, cuando la marea está alta las ballenas se acercan. Cantan, aletean, muestran la cola, resoplan y emiten un sonido tan fuerte que penetra en el mar y se graba como un tatuaje en lo más profundo de tu corazón. Así arrullados por ese canto, nos tiramos en la arena y descansamos. Dormimos la típica siesta argentina mientras nos cantaban el arrorró. Finalmente la hora de partir. Con esa sensación de "no sé por qué, pero las ballenas enamoran” seguimos viaje. Lento, por tierra, pensativos y a sabiendas de que algo empezó a cambiar. Tuvimos la posibilidad de conectarnos plenamente con la naturaleza que nos rodea y comprenderla. Comprender que con el ritmo de turista agitado, ese que hace todas las colas y sigue los típicos cliché, no se llega a ninguna parte, no se disfruta. El disfrute pasa por conectarse con el viaje. Es en esa conexión en la que el verdadero viaje empieza.


¿Tenés ganas de avistar ballenas?
Tito Bottazzi avistajes www.titobottazzi.com
Cómo llegar a El Doradillo:
Ver mapa 


En este Video, Miguel cuenta más sobre Tito Bottazzi avistajes:

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